Hoy, como dice mi tío Alberto, hay cuento. La verdad es que hace mucho que no escribo por aquí. Voy a empezar por donde hice la foto y luego os cuento la anécdota o los recuerdos. Esta foto está hecha este domingo en Orio. Allí que iba yo con dos cámaras, con mi cámara digital, por supuesto, y con la de mi querido aitite -abuelo en castellano- que es una analógica Kodak Retinette II y que tenía muchas ganas de usar.

En realidad en esta foto lo que quería hacer era un barrido, que se supone que es cuando lo que está en movimiento queda estático, y el fondo queda movido, pero como el barco iba muy lento me aceleré. Esta foto se la dedico a mi tío Borja y a su amigo Vari  Caramés -un gran fotógrafo que siempre me dice que me lo va a presentar y sigo esperando- porque me recuerda mucho a las suyas, quizás por el movimiento que tiene. No lo sé, pero creo que tiene un aire.Es verdad que también me recuerda a cuando salimos con el barco de mi tío Alex desde Bermeo, porque aunque no sea una ría es un puerto muy grande donde tienes que avanzar poco a poco hasta salir a altamar.

Una vez en una de esas salidas a pescar me maree en el barco. Iba con mis tíos Alex y Caco que me vieron la cara blanca y nos tuvimos que dar la vuelta. Quedé como un auténtico marinero de agua dulce por haberme mareado. Como decía la abuela de Adrián, uno de mis mejores amigos de Galicia, que nos gritaba desde la ventana: ¡marineeeiros de aguaaa dulceeee!, cada vez que nos veía salir a pescar y aunque nosotros íbamos a coger de todo, eso sí, siempre lo hacíamos con control. Lo pasábamos en grande. Subíamos y bajamos por todo el pueblo. Luego íbamos a la playa. Hacíamos de todo.

Lo mejor era que yo me lo montaba de cine porque mis amigos sabían pescar, yo les dejaba mi equipo de pesca y ellos me regalaban lo que pescaban. Eran de lo mejorcito pescando. No he visto a nadie pescar tanto como a ellos, especialmente por la noches, cuando íbamos a por sepias. Había un sitio que para nosotros era totalmente prohibido, porque los mayores siempre se reservaban las mismas rocas del espigón del puerto, así que jodé, nos daba miedo por las broncas que nos podían echar. Si se te liaba la pita con la de uno de ellos sí que la habías fastidiado. Te metían la gran bronca. Nosotros, por si acaso, no íbamos.

Una vez, un amigo de Adrián, que vendía sardinas asadas, nos dio una para los dos. Pero yo tenía mucha hambre y le pedía y le pedía, y como hablaba en gallego, o con ese acento, no le entendía nada. Yo insistía. Le pedía y le pedía, y me daba más. Más tarde me di cuenta de que en realidad el pobre señor estaba harto de mí. Acabamos desquiciándolo aquel día.

Y con esto me despido hasta la próxima, que no sé cuando será.